A Dios le doy gracias por haber despertado este día, con sueño pero de haber despertado viva, junto a mi esposo y mi hija. Cobijados por un techo, habiendo tenido comida en nuestras bocas cada día.
A Dios le agradezco infinitamente el tener un trabajo, el poder darme mis gustos de vez en cuando. El poder comprar lo necesario para mi hija y tener una lata de leche guardada para ella en la despensa.
A Dios agradezco por el agua que cada día nos sirve para cocinar, para lavar nuestros cuerpos, para tener ropa limpia que vestir.
A Dios le agradezco por el sol que nos entrega cada mañana, por esos rayos que iluminan y que ciegan a la vez, como una enseñanza de que todo exceso es malo.
A Dios agradezco la oportunidad de compartir, de conversar, de comunicarme con mis seres queridos. De poder dar una caricia en la mejilla de mi hija, de besar los labios de mi esposo, de abrazar a quienes se han convertido en mi familia postiza.
Agradezco la amistad que surge tímida a veces, pero duradera si demuestra su veracidad. Agradezco poder abrazar a mis amigos de vez en cuando, decirles un par de verdades y bajar la cabeza cuando necesito que me reprendan.
A Dios le agradezco, hoy, ayer, siempre, infinitamente por la vida que me ha permitido llevar hasta hoy.
(Inspirada mayormente por visualizar la tragedia de Haití hace unos días atrás)